Ya señalamos en otro post nuestro interés por el estudio de viejos textos de periódicos anarquistas. Su lucidez y desarrollo de los temas parecen ser más consistentes y claros en comparación a nuestros intentos actuales.
El artículo que les presentamos hoy es, quizás, de esos textos que debemos leer sin lugar a dudas. La extesión (un poco más de tres hojas en word) no es excusa para no darse cinco minutos de lectura. «Hombré, sé tú mismo» es un texto que originalmente apareció en el semanario anarquista El Sembrador, en Iquique, el año 1924. Se trata de simples, pero muy profundas, reflexiones entorno a la moral y a la posición que toma el anarquista frente al mundo.
Sin ir más lejos, el artículo es bastante claro cuando plantea la síntesis de los ideales anarquistas:
Nadie sobre tus hombros, ni tú sobre los hombros de nadie.
Síntesis que, sin duda, debemos llevar a otros tipos de análisis, como, por ejemplo, la contraposición que podemos establecer entre la noción de «Lucha de Clases» y «Lucha Social». De este tema, no obstante, estaremos hablando muy pronto.
Por último, antes de entrar en la lectura del texto, no podemos dejar de señalar el siguiente párrafo:
Si el comerciante te envenena vendiéndote artículos adulterados que arruinan tu salud y saquean tu bolsillo, allí estás tú para impedirlo.
¿No se aplica esto, ahora, al tema de los transgénicos, las semillas y el uso de pesticidas en los alimentos? Este detalle no sólo nos revela la actualidad de muchos artículos anarquistas escritos hace casi un siglo, sino también nos recalca esa permanente intención del anarquismo por el «buen vivir», el «vivir bien», el desarrollarse íntegramente tanto en lo individual como en lo social y el cuidado de la salud (en lo personal y en lo laboral).
En fin, no hay excusas para no leer este breve texto y luego, ojalá, comentarlo entre los cercanos o reflexionar durante unos minutos (el texto será archivado en la subsección «Ética» de «Filosofía»)
Alguien ha dicho: “Si la sociedad está mal constituida allí estás tu para mejorarla”.
Magnifica sentencia, excelso pensamiento que confía en la potencialidad individual, que valoriza las virtudes creadoras del hombre, que exalta la personalidad como factor determinante de las condiciones físicas, morales e intelectuales de la humanidad.
Ese pensamiento es todo un grito de guerra contra los dominadores económicos y contra los dominadores políticos.
Es un dulce reproche a los esclavos asalariados que no atinan más que aquejarse de su misérrima situación, cuando el remedio está en sus manos.
Es una proclamación sintética de los deberes y derechos del hombre.
Es una invitación a la confianza en sí misma como entidad pensante y actuante.
Es la síntesis de los ideales anárquicos: Nadie sobre tus hombros, ni tú sobre los hombros de nadie.
Ni señor ni esclavo.
Ni explotador ni explotado.
Ni gobernante ni gobernado.
Ni pastor ni oveja.
Ni tirano ni tiranizado.
Ni oprimir a otros ni dejarse oprimir.
Ni hacer servir de instrumentos a otros ni servir de instrumentos de otros.
Hombre, nada más que hombres, iguales en derechos, iguales en deberes. Nadie por encima de ti ni tú por encima de nadie. Nada de prerrogativas. Nada de prebendas y favores.
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Si la sociedad está mal constituida allí estás tú para mejorarla.
Si en los campos, en las minas, en las fábricas, en los talleres y por doquier te explotan los detentadores de los medios de vida, allí estás tú para oponerte a que sigan hambreándote y jugando con tus necesidades.
Si el comerciante te envenena vendiéndote artículos adulterados que arruinan tu salud y saquean tu bolsillo, allí estás tú para impedirlo.
Si los mercaderes del templo embotan tu cerebro con patrañas absurdas e historietas infernales, con las cuales te tornan sumiso, resignado y esclavo espiritual y material de Dios, del amo y del gobierno, allí estás tú para no permitir que la farsa siga, que el engaño se acreciente y la mentira se enseñoree.
Si el gobierno te oprime, te extorsiona y te expolia de mil variadas formas con impuestos y gabelas, impidiendo tu liberación económica, tu ascensión moral y tu desenvolvimiento intelectual, allí estás tú para que remedies el mal, para que le pongas término, para que cauterices todas las llagas, para que barras todas las podredumbres.
Tú, debes y puedes labrarte un mundo nuevo, esculpir tu propia felicidad, crearte una vida más bella y más humana.
Puedes y debes afirmar tu personalidad frente a la explotación de unos y al despotismo de los otros. Proclamarte hombre libre y obrar como tal.
No confíes en nadie, porque nadie mejor que tú mismo puede realizar lo que es de tu incumbencia. Lo que tú no puedas hacer en tu provecho, no te imagines que otros lo harán.
Tu libertad económica, moral y política obra tuya es.
No le creas a los conductores de pueblos que dicen bregar por tu emancipación. Son ambiciosos de poder que quieren usarte como instrumento para la consecución de sus fines de explotación y predominio. Huye de ellos, como de una lepra mortífera.
Si en tu hogar la miseria campea soberanamente, si el hambre es la sombra trágica que envuelve tu existencia y la de tu familia, es porque tú lo quieres, lo consientes y lo soportas.
Si el burgués te explota inicuamente, quedándose con la mayor parte del fruto de tu trabajo, es porque tú lo quieres y lo toleras.
El comerciante te engaña y te asesina lentamente, porque tú lo consientes.
El gobierno te oprime cada vez más, porque tú lo soportas con resignación de esclavo.
Bastaría que tú y todos los que viven sujetos a otro hombre lo quisieran, para que la explotación no siguiera su curso, para que el despotismo no fuera posible. Y entonces, se terminaría con el régimen de explotadores y explotados, dominantes y dominados.
Hombre: frente a unos y otros afirma tu personalidad. Sé tú mismo tu libertador. Se tú mismo el artífice de una vida superior, esplendente de belleza, irradiante de amor.
[Extraído de Semanario El Sembrador, n° 79, Año II, Sábado 23 de Febrero de 1924, Iquique, Chile.]